Ideas lógicas y sensatas: Salario mínimo global asignable a un mismo trabajo y huella de CO2 equivalente

Aquí está Guille con “ideas de perogrullo”. Cosas obvias que a veces no resultan tan obvias, visto lo visto. El resultado de algunas de las cosas que voy a publicar aquí no tiene nada que ver con política o ideario revolucionario, sino con observaciones y reflexiones de la realidad del mundo globalizado, que por no estar bien gestionadas acaban destrozando a seres humanos. Seguro que hay mil autores que ya han dedicado tiempo a hablar de esto, y probablemente lo hayan hecho de mejor manera, con mejor enfoque, pero me apetecía soltar palabras al aire, por si alguien quiere escucharlas, ya sabes.

Hoy quiero reflexionar sobre la deslocalización y el intento de repatriación de la producción de bienes en los países desarrollados.

El ser humano, parece ser, es hipócrita por naturaleza. Ve lo que quiere ver, y se tapa los ojos para obviar realidades dolorosas de las que no quiere saber nada.

Por un lado, estamos constantemente quejándonos de los cierres de fábricas en nuestro país, de los despidos por relocalizaciones a países del tercer mundo, pero cuando vamos a comprar zapatillas, ropa o teléfonos móviles, no nos preocupamos de valorar dónde está producido dicho objeto.

Pero todavía voy más allá, a un aspecto moralmente peor. Aquellos que defienden “lo producido en su propio país” porque “así damos trabajo a nuestros paisanos”, deberían pensar que más allá de ese razonamiento está el hecho de que también son seres humanos los que fabrican en otros países, y que deberían tener los mismos derechos que nosotros. A fin de cuentas son eso, seres humanos, como tú o como yo, y que cuando nacen, no eligen en qué país nacer…

Vayamos al meollo del asunto. ¿Por qué se han deslocalizado fábricas de todo tipo de productos de España antes de la crisis? Pues porque nuestra mano de obra dejó de ser barata con relación a otros países. Nuestro tejido industrial se creó en parte por culpa del principio de autarquía de Franco (vaya tela), pero cuando Franco se acabó, todavía tuvimos capacidad de seguir fabricando, porque eramos un país pobre respecto a otros más ricos, que veían que podían sacar partido de nuestra mano de obra barata.

Cuando la mano de obra española dejó de ser barata, las fábricas miraron a otro país donde explotar a los empleados. Y es que el valor añadido no está en fabricar, no está en la mano de obra, sino en inventar, en crear el producto que se va a fabricar. Pero vamos, que esa es harina de otro costal.

Estados Unidos también ha vivido una situación similar, aunque ahora esté trabajando para re-industrializarse (y aunque el acuerdo de la NAFTA siga haciendo que se monten muchas fábricas de coches, por ejemplo, en Mexico en lugar de en Estados Unidos).

El motivo siempre es el mismo: La mano de obra de los países en vías de desarrollo siempre es más económica que la local. Pero ¿a costa de qué?

Cuando uno compra un producto importado de esos países, no lo compra “de comercio justo” (como rezan algunos alimentos), sino que lo adquiere de países cuyas regulaciones laborales son tales que adolescentes y niños trabajan jornadas de 10 o 12 horas diarias en condiciones inhumanas por un salario ridículo.

Ahí es donde se ahorra dinero en mano de obra. Los puestos de trabajo son precarios, peligrosos y faltan al respeto de los seres humanos. Peor aún, las marcas que producen en estos mercados tienden a tener rendimientos en sus facturaciones muy elevados, de los que se desprende que podrían mejorar las condiciones laborales de sus empleados en esos países sin perder la rentabilidad, pero no lo hacen porque la sociedad de esos países no tiene fuerza de palanca para demandar dichos cambios en el trato a los trabajadores.

Mientras, nosotros, los ciudadanos “del primer mundo”, nos dedicamos a comprar zapatillas Nike, ropa de Primark o productos de Apple, fabricados bajo esas condiciones abusivas, y miramos a otro lado.

De hecho, si las condiciones laborales de cualquiera de las factorías de esos países fueran importadas a Europa, no tardaríamos en ver quejas y lamentos, saltaríamos automáticamente a criticarlas. Bueno, de hecho, sería imposible importar esas prácticas, porque de hecho son ilegales.

Pero cuando adquirimos productos que hacen uso de esas condiciones en la mano de obra, automáticamente estamos animando al fabricante a mantener su política laboral.

Vamos, que nos importan los derechos laborales, pero sólo de los que tenemos más cerca, de los de nuestro país, de nuestro continente, pero nos viene dando igual lo que suceda en el otro extremo del mundo a nuestros semejantes… Mal vamos (y yo me puedo incluir entre los culpables, sí, que tengo productos de Apple, de Nike y de todas esas firmas que fabrican en Dios sabe dónde).

Pero, ¿qué ocurriría si, de golpe y porrazo, se instaurara un salario mínimo por hora para una tarea equivalente a nivel global? ¿qué ocurriría si, además, las condiciones mínimas laborales (horas máximas de trabajo, edades mínimas, vacaciones, seguridad, etc.) fueran comunes en todos los países del planeta? Pues que todo cambiaría radicalmente.

De golpe y porrazo ya no habría tantas razones para deslocalizar una factoría de un país a otro, de un país desarrollado a uno en vías de desarrollo. De hecho, entraría más en juego otro par de factores de lógica industrial: La logística (fabricar lo más cerca posible de donde vas a vender el producto) y la calidad (fabricar donde la mano de obra sea más capaz de hacer buenos resultados).

No hablo de un salario igual para todos los países productores, sino un “mínimo” de condiciones y de salario. Luego siempre se podría cobrar más si se ofrece algo a cambio (si una factoría hace mejor una tarea que otra, siempre podrá cobrar más por su producto).

Además, los empleados de los países en vías de desarrollo podrían incrementar su poder adquisitivo, y eso, a corto o medio plazo igualaría la riqueza entre países.

Que sí, que no he inventado nada, pero conviene pensar dos veces en esta realidad antes de seguir pensando en financiar con ayudas estatales a las empresas para que mantengan las fábricas en España (hola Renault, hola grupo VAG, hola PSA). Al final, ayudamos con impuestos a tergiversar la realidad económica, cuando la solución más sensata sería la de defender a todos los trabajadores de todo el planeta por igual, lo que automáticamente equilibraría la balanza de la carga productiva por país, y dejaríamos de ver a India, China y otros países de ese estilo como “las fábricas del mundo”.

Y luego, no podemos olvidarlo, está el tema de las huellas medioambientales.

En Europa estamos muy concienciados con las emisiones de CO2 y el cambio climático. Me parece bien. Ponemos trabas a la industria, al transporte y a muchos otros aspectos de la vida en favor de reducir nuestra huella de CO2, nuestra generación de residuos y contaminación. Pero esto, se lamenta la industria, “enacerce la producción”. El resultado es que, en busca de maximizar la rentabilidad, las compañías acaban mudándose lejos de Europa, para fabricar en otros países y exportar desde allí los productos que aquí ya no quieren hacer. ¿Por qué? Pues porque países como China o la India no tienen la misma carga impositiva y los mismos controles de emisiones de CO2 y otro tipo de desperdicios industriales.

Pero, nuevamente, esto resulta hipócrita. El CO2 y la contaminación no conocen fronteras. Podemos alejar su emisión y desaparrame de nuestro continente, que acabarán afectándonos igualmente, ya que la tierra es un ecosistema global donde lo que se ensucia en oriente afecta a occidente.

¿Solución? En lugar de gravar las emisiones de la industria local, lo que habría que establecer es una suerte de peaje de emisiones. Si fabricar un lapicero implica emitir 100 gramos de CO2 y provocar equis gramos de residuos industriales, habrá que penalizar eso, venga el boli de donde venga. Y eso se debería aplicar a todos y cada uno de los productos que nos rodean, valorando su huella ecológica y pagando por ella, lo que a la postre haría que los fabricantes primaran reducir las emisiones y residuos generados durante el proceso productivo de los productos para reducir su coste y hacerlos más competitivos.

Pero esto es más fácil de contar y decir que de aplicar. Tasar y auditar las emisiones de todas las factorías del mundo y derivarlas a los productos y bienes que realizan sería una tarea hercúlea de difícil realización.

Y luego estaría el pícaro que trataría de beneficiar a los suyos buscando el timo en las medidas, para sacar tajada de ello.

Pero hoy no quiero hablar de cómo poner en práctica estos dos ideales. Quiero quedarme con la realidad del fondo del artículo. Nuestro mundo, nuestro planeta, sería un mundo global y mejor, más justo y equilibrado, simplemente con lograr que:

  • Hubiera un salario mínimo para la misma tarea a nivel global
  • Hubiera unas condiciones laborales mínimas y justas a nivel global
  • El impacto medioambiental estuviera gravado por igual, penalizando emisiones y residuos en el producto final

Son tres soluciones sencillas y obvias.

Tal cual se mueve el mundo, más pronto que tarde, acabaremos viviendo en un “mundo realmente global”, donde por fin el ser humano se acabará dando cuenta de que todos somos personas, y todos deberíamos tener “los mismos derechos mínimos”. Estas tres soluciones van en ese sentido, y nos evitarían muchos conflictos, muchas guerras, muchas muertes y mucho sufrimiento, derivados del afán de ganar dinero “por malas artes” que tienen unos a costa de la mano de obra ultra-barata de otros. Claro que aplicar estos principios idealistas iría en contra del beneficio económico de muchas multinacionales expertas en sacar la máxima rentabilidad posible para enriquecer a sus accionsitas. Y dudo que estas personas vayan a dejar que las cosas cambien “en favor de lo justo” a cambio de su posición de riqueza y control.

En fin, los grandes cambios nunca fueron fáciles, pero estos que te cuento aquí harían de la civilización terrrestre una civilización mejor.

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