El ladrón de ideas

Esta es la historia de un personaje que, de momento, dejaremos como anónimo, pero que me preocuparé de identificar más pronto que tarde, tan pronto sea seguro hacerlo.

Este personaje, que trabaja como alto directivo de una compañía, es el perfecto muestrario del “anti-directivo-competente”. En lugar de servir de “hombre que tira del carro”, dirigiendo sus recursos en favor de los intereses de su compañía, se dedica, en cambio, a buscar favorecer su propia carrera laboral, sus intereses, su bolsillo y a sus amistades, aunque esto claramente no concuerde con lo que le interesa a la compañía que le paga, que pierde oportunidades de manera constante desde que este “personaje” llegó a su cargo.

Mi quemazón con él ha alcanzado estos últimos meses niveles alarmantes. Tiempo atrás buenos amigos me avisaron que colaborar con esta persona era peligrosa, pues tenía fama de ser un “robador de ideas”. Ignoré sus recomendaciones en parte porque trabajar con él y presentarle ideas era una manera de crecer laboralmente. Pero resulta que su fama la tiene no sólo bien merecida, sino que hasta le queda pequeña, diría yo.

Hace algo más de un año le fui con un bonito proyecto de producto, desarrollado hasta detalles concisos de su método de comercialización y promoción. El proyecto triunfó en el seno de la compañía, y directivos de mayor rango, ya de alcance internacional, jadearon su desarrollo. Al final, por algunos líos que no viene al caso, se decidió parar el proyecto. 

Todo el desarrollo del mismo contó con mi ayuda, pero siempre canalizada a través de “el personaje”. Quién me iba a decir a mí que un año y pico después, hablando con el “jefe de jefes”, este me comentaría que “el personaje” había asegurado públicamente que la idea y los bocetos eran suyos, negando mi existencia.

Alucinante. Mi quemazón crecía por momentos. Pero podía llegar lejos.

El mismo personaje me pedía consejo hace unos meses para un evento, el cual le desarrollé al completo. Obviamente se lo presupuesté y le coloqué unas condiciones sobre la mesa.

La compañía hizo suyas mis ideas (y de hecho las pretenden usar), pero claro, ¿quién se lleva las medallas? Pues “el personaje”, que además ha decidido puentearme para intentar ejecutar las ideas sin mi colaboración, para ahorrarse mi coste como asesor y gestor.

Obviamente, gracias a Dios, todo lo que le propuse necesita de mi mediación para que salga adelante (mis contactos son mis amigos, y me saben cuidar bien), así que le quedará un evento descafeinado.

Y podría seguir así un buen rato, pues numerosas propuestas mías han sido adueñadas por este “señor” (por llamarle algo).

¿Lo peor? En el seno de la compañía mucha gente está hasta las narices de este señor. Pero inexplicablemente sigue en su cargo, anclado y agarrado con uñas y dientes, destrozando marcas, destrozando relaciones inter-empresariales, y destrozando empleados que tiene a su cargo y acaban rindiendo por debajo de sus capacidades.

Se creé más bueno de lo que es, y no duda en robar ideas de los demás para tratar de medrar en una carrera con mentiras. Diría que a todo cerdo le llega su San Martín, pero la realidad es que si este “personaje” sigue medrando, acabará haciendo todavía más daño a su empresa.

Y es que puede que las ventas le respalden meridianamente respecto a los objetivos marcados. Pero hay una clave en toda compañía: no mires lo que vendes, mira lo que has dejado de vender. Además de no estar sacando todo el partido posible al mercado, este señor está creando una base porosa sobre la que está edificando un modelo de crecimiento que no es sostenible a largo plazo. Las cosas hay que cimentarlas bien, hay que hacerlas con una buena base. Sin base, puedes crecer rápidamente, pero como no aportas nada a medio o largo plazo, estás hipotecando el futuro de la compañía. Claro que a él eso le da igual: él quiere medrar y largarse de su cargo actual, y el marrón ya quedará ahí para quien venga detrás.