Mi visión sobre independentismos, nacionalidades y demás historias

Quede claro por delante de todo que mi visión es algo personal, una opinión que ni busco imponer, ni deseo convertir en obligación o tema de discusión. Pero es que llevo tiempo con un pensamiento en mi mente que tengo ganas de compartir con vosotros.

Hay muchas cosas en la vida de una persona que son fruto de sus decisiones. Muchas otras vienen determinadas por las circunstancias, por el entorno que a uno le rodea. Pero hay una decisión que uno no toma, y que le viene impuesta: su lugar de nacimiento.

Cada ser humano nace “donde le toca”. No elige el día o el lugar. Y eso no nos hace distintos, mejores o peores. No por nacer cien, mil o diez mil kilómetros más a la izquierda, a la derecha, arriba o abajo, uno “es mejor que los demás”.

Algunos tenemos suerte, y nacemos en un mundo desarrollado, lleno de oportunidades. Otros muchos seres humanos nacen en países en guerra, en países donde simplemente lograr sobrevivir es, en sí mismo, todo un logro. Eso sí es una diferencia que te genera el lugar de nacimiento. Es esa suerte impuesta en tu vida en el momento de tu nacimiento.

A mi esto me parece de una injusticia increíble, pero que todos tenemos asumida como una realidad “universal” que parece que no tenemos interés en cambiar. Todos somos seres humanos. Todos descendemos de un origen común, y todos nos debemos entre sí mucho.

Si uno se percata de a quién debemos nuestro estilo de vida, no le costará mucho darse cuenta de que todas las facilidades que tenemos ahora. Toda la vida que tenemos, se debe, no a los logros individuales de una persona concreta, o de un grupo de personas concretas nacidas en un lugar del mundo concreto. Casi todo lo que tenemos a nuestra disposición para nuestro llamado “estado del bienestar”, es el logro de la evolución humana. El logro del desarrollo de una raza común, que a través del trabajo en equipo, y la evolución “pasito a pasito”.

No hay un solo invento, no hay un solo paso que de la humanidad en ningún campo que no sea el logro de miles de años de evolución. Porque cualquier invento es la combinación creativa de una suma de conocimientos de la raza humana que ya se tienen, en muchos casos más allá del 99,9999%, más un pequeño ingrediente de genialidad aportado por una persona concreta, que es la que se suele llevar toda la fama.

Es ese arquitecto genial final, esa persona que combina la suma de esos conocimientos en un producto, aplicación o idea final la que se lleva el reconocimiento. Pero realmente no sólo le debemos a él ese reconocimiento, sino a todo el soporte de conocimiento que hay detrás para facilitar que ese invento pueda existir.

De esta manera puedes deducir que todo invento se debe a muchos inventos previos. Un coche sin motor no es viable. Un motor sin combustible no es tampoco posible. Un combustible sin un método de extracción tampoco es concebible, y así podemos seguir de manera infinita.

Si algo ha cambiado el siglo XXI en nuestra vida común es que, a diferencia de épocas previas, hemos pasado de un mundo en el que sólo unos pocos tenían acceso a ciertos conocimientos, y por tanto, sólo unos pocos podían evolucionar sobre el conocimiento global disponible, a un mundo donde el conocimiento es global. El conocimiento global y prácticamente gratuito es un logro épico. Un logro que iguala a todos los seres humanos en el acceso a ciertas informaciones que hasta ahora eran prácticamente de unos pocos.

Esta sociedad global también tiene un comercio global, donde casi cualquiera puede vender casi cualquier cosa a casi cualquier otra persona del planeta.

Hemos entrado en una era donde el mundo real va perdiendo fronteras, y este sólo es el principio de la historia. Es casi imposible predecir el futuro al detalle, pero no es difícil entender que la convergencia humana que va a proporcionar esta sociedad del conocimiento nos llevará, más pronto o más tarde, a una reorganización social, que nos llevará a emplear un único idioma, una única moneda, y dejará de entender de fronteras, aranceles y otro tipo de limitaciones que ahora ya son artificiales, más que otra cosa.

Muchas barreras que actualmente tenemos para tener un conocimiento global vienen de viejas inercias culturales que ahora son totalmente redundantes. Por ejemplo, que el conocimiento del mundo en ciertas áreas esté en uno u otro idioma es un problema universal. No todos los libros de conocimiento de ciertos campos están adaptados a otros idiomas, y no todas las mentes pensantes del mundo tienen acceso al conocimiento del idioma del campo que necesitan.

¿Y si el investigador médico que podría dar con la vacuna del SIDA no tuviera acceso a los documentos científicos publicados para empezar su investigación porque no entendiera inglés? Afortunadamente para la sociedad, el inglés ya es algo que todos, o casi todos los investigadores del planeta manejan. Y si queremos crecer como raza, deberíamos evolucionar hacia ese campo, hacia un campo donde los estudios científicos, técnicos y de divulgación se centren en un único idioma al que todo ser humano tenga acceso, tenga formación y conocimiento.

Y todo esto me lleva a mi a una conclusión, o más bien a una reflexión.

Llevamos años viendo ambiciones separatistas en España. Y al mismo tiempo ambiciones integradoras reclamando el “valor del país”. Vemos situaciones similares en Escocia, en Irlanda y en otros muchos lugares del mundo. Y yo me pregunto ¿tiene sentido hoy en día hablar de nacionalidades, independentismos, idiomas y fronteras?

No es el camino más lógico para que la raza humana crezca. Eso sí lo tengo claro. No es, tampoco, el camino más lógico para cumplir con nuestros objetivos éticos de igualdad entre todos los seres humanos.

Bajo mi punto de vista, no hay un ser humano mejor que otro ser humano atendiendo sólo a su lugar de nacimiento. Esto es ridículo. Y por eso, no entiendo cómo unos pretenden tener un tratamiento “mejor” que otros, simplemente por haber nacido en un lugar o en otro.

Para mí todos somos ciudadanos del mundo. Un único lugar, donde somos una única especie, en la que todos nos debemos mucho a todos. Una especie que, de querer crecer y evolucionar, debería dejar de buscar barreras artificiales, para empezar a cuidar todos unos de otros, sin atender a la distancia que les separe.

Las separaciones, las nacionalidades, los países, sirven para que unos pocos administren el destino de unos muchos, y en el proceso de “mandar” y ejercer su “mandato”, esos pocos puedan beneficiarse, económica y socialmente de la población en general. Son estos intereses de unos pocos concretos los que nos enfrentan, los que nos manipulan, y los que nos hacen, a mi modo de ver, discutir unos con otros cuando no tenemos razón alguna para hacerlo.

Claro que aplicar un “mundo global único”, con un idioma único, una economía única, donde todos tengamos los mismos derechos, las mismas oportunidades, el mismo acceso al crédito, es algo en cierto modo imposible de alcanzar, al menos tal cual estamos estructurados ahora mismo. Mucha gente con mucho poder debería echarse a un lado y aceptar que no ocuparían ningún lugar en este nuevo formato social, y eso no ocurrirá fácilmente.

También es cierto que, a buen seguro, una división territorial organizativa siempre será necesaria, para gestionar cosas como las infraestructuras, la logística, la educación o la salud. Pero estos organismos de gestión deben estar ahí para servir a la sociedad en cosas puramente lógicas. Deben ser administraciones útiles, basadas exclusivamente en cumplir con lo que los ciudadanos del mundo necesitan, velando por los intereses comunes, sin generar discusiones inútiles que enfrenten y generen tensiones.

¿Llegaremos a ver este mundo idílico? Dudo que mi generación o la de nuestros hijos lo vean. Pero también es cierto que la velocidad de la evolución humana y los cambios sociales van a un ritmo exponencial, por lo que, quién sabe, igual en 100 años no quede un único país independiente, y toda la sociedad pueda olvidarse de nacionalismos, guerras estúpidas e intereses personales convertidos en banderas de luchas entre regiones.

Y ojo, con esto no digo que nos olvidemos de nuestras raíces. Es obvio que, como sociedad, siempre nos interesará mantener la cultura de nuestros orígenes. La riqueza cultural de los idiomas, la historia de lo que ocurrió en un lejano pasado. Pero debe ser eso: cultura. La cultura y la historia pasada no pueden trasponerse a la realidad humana actual. Y esa realidad humana actual habla de un mundo que camina con paso firme e irremediable a una única sociedad global que no entiende de países y fronteras.

Tal vez el gran desafío de la raza humana para los próximos años, décadas y quién sabe si siglos, sea alcanzar esa sociedad ideal sin fronteras, y hacerlo sin guerras y sangre en el camino.